Salas cuna: colaboración digital

El gobierno ha anunciado la cobertura universal en salas cuna; una buena medida. A propósito de lo anterior, en una reciente columna de opinión Mario Waissbluth señalaba que en las salas cuna de Chile hay una educadora con certificación del Estado cada 42 lactantes (y un técnico cada 7), mientras que en los países de la OCDE, una educadora cada 16 niños (la mayoría con estudios de magister), y en Estados Unidos, una educadora cada 3 niños. También señala Waissbluth que “el consenso de la literatura internacional es que en el tramo de 0 a 6 años una sala o jardín de mala calidad hace más daño que bien. Los niños estarían y se desarrollarían mejor si se quedaran con una tía o abuela, si la hubiera”. El desafío será, entonces, que la cobertura universal ocurra con niveles de calidad cada vez más elevados.

Independientemente del tipo de gobierno de que se trate, los paradigmas culturales que sustentan estas soluciones se derivan de una concepción de verticalidad institucionalidad para resolver las necesidades de las personas (guarderías para niños desde el Estado). Son soluciones necesarias, pero debieran ser complementadas aprovechando el gran potencial de colaboración horizontal entre pares comunitarios. La confianza de las personas está migrando desde la búsqueda de protección vertical hacia el apoyo horizontal de círculos de colaboración, lo cual debe ser potenciado.

Esta es, por lo demás, la base de la economía compartida: iniciativas que, mediante tecnológicas habilitadoras, permiten la colaboración entre usuarios que muchas veces ni se conocen, apalancando modelos de negocios que están cambiando radicalmente no sólo la economía, sino la vida cotidiana de todos. ¿Por qué no extender estas potencialidades a las políticas públicas, aprovechando las herramientas de que disponemos?

Veamos primero cuál es el problema que se intenta enfrentar: pese al aumento del plazo de los periodos de pre y post natal y de la nueva opción de elección para ejercer este beneficio por parte de ambos integrantes de la pareja, las madres (y los padres) deben, en cierto momento, volver a trabajar y dejar a sus niños bajo cuidado responsable. En efecto, las guarderías cumplirían esta función. Pero si consideramos que la estimulación temprana de los niños es clave en su desarrollo cognitivo de mediano plazo, como bien menciona Waissbluth, enfrentar la necesidad de cuidado sin poner foco en la calidad no se haría cargo de las potencialidades de desarrollo cognitivo.

Intentemos definir el problema de otra manera: los niños, en su edad temprana, necesitan cariño y protección, y a la vez requieren ser estimulados mediante recursos educativos que promuevan su desarrollo cognitivo, en convivencia con otros niños, de modo de desarrollar habilidades sociales y relaciones de afecto y colaboración. Como los padres deben trabajar y no pueden desempeñar estos roles todo el tiempo, necesitan apoyo profesional especializado para darle continuidad al proceso de desarrollo cognitivo. Adicionalmente, deben procurar que sus hijos desarrollen habilidades psicosociales en la interacción con otros niños. Definido el desafío de este modo, las guarderías que no cuenten con suficiente personal especializado no lograrán abordarlo: resolverán la necesidad de cuidado, que no es poco, pero no serán capaces de impulsar un desarrollo integral.

Intentemos visualizar la factibilidad de soluciones para el desafío antes definido en el espacio horizontal colaborativo, analizando los activos con que contamos para compartir entre pares: en primer lugar, las casas de los padres (y sus niños), desocupadas durante la jornada laboral; en segundo lugar, las redes de confianza entre padres, madres y familias, ya sean de familiares, de amigos o vecinos; y en tercer lugar, las tecnologías de comunicación ubicua que permiten la coordinación espacial y temporal simultánea en red. Así, podríamos concebir “salas cuna formativas rotativas” utilizando las casas de los padres (grupos de 5 familias con redes de confianza entre sí; un día hábil en cada casa) y una educadora o una técnica de apoyo que van un día a la semana a cada casa asignada. La coordinación se establece mediante celulares y la educadora o la técnica (la misma siempre) se contactan a través de una plataforma del Ministerio de Educación que certifica sus capacidades y les paga su sueldo, con premios mensuales según la calificación que hagan los padres sobre su desempeño (una a cinco estrellas). Los padres llevan a los niños cada día al hogar que corresponda (por cuatro días; el quinto la sala cuna es su casa). Los materiales los aportan la educadora y la técnica y los lleva cada niño en su mochila. En todo caso, habría que definir un rango etario para los niños que permita disminuir los riesgos y asegure que el sistema funcione bien (por ejemplo, uno a tres años, pero en grupos de edades homogéneas). ¿Qué nos falta? Bueno, las educadoras, las técnicas, y la plataforma habilitadora.

Si formamos una gran cantidad de educadoras y técnicas con una certificación responsable, focalizando los recursos en profesionalización (en lugar de solamente gastar en preparar, operar y mantener espacios físicos para salas cuna con cuidadoras) y habilitamos una plataforma tecnológica de coordinación, podemos formar los grupos de 5 familias con una educadora “de cabecera”. La dueña o dueño de la casa de turno puede trabajar parcialmente desde el hogar el día correspondiente (1 de cada 5 días hábiles) para recibir a los niños y a la educadora y apoyar la alimentación y cuidado. Los empleadores de los padres y madres (cuando los hay) debieran otorgar esta facilidad, potenciando de paso el trabajo a distancia.

¿Una utopía? Bueno, sistemas parecidos ya están operando, solo que en grupos de familias con niveles económicos que les permiten la contratación de una parvularia particular y apoyo de servicio doméstico.

En el esquema propuesto, el rol del Estado cambia desde la gestión superior de espacios y recursos para sostener salas de cuidado hacia la focalizacion de sus recursos en la capacitación y la certificación de educadoras y la habilitación de la plataforma de coordinación. También puede prestar apoyo técnico para apoyar en las casas la instalación de elementos de protección que eviten riesgos de accidentes, así como cámaras de visualización a distancia para los padres mediante sus celulares. Claro, todo esto requiere un cambio de mentalidad, y encontraremos miles de problemas: de seguridad, de puntualidad, falta de condiciones de los hogares, etc., muchos de los riesgos que de todos modos existen en las salas cuna. Pero podemos comenzar con experiencias piloto cuyo efecto demostrativo vaya lubricando la confianza y permita corregir y adaptar el sistema, mediante un proceso enactivo. O tal vez encontrar otro espectro de soluciones para abordar el desafío de mediano plazo (desarrollo cognitivo) junto con el problema inmediato (cuidado), pensado fuera de la caja tradicional de la institucionalidad vertical que, como vemos, exhibe crecientes dificultades para enfrentar integralmente los desafíos del presente y del futuro. Mientras, la colaboración entre pares sigue cambiando la forma en que vivimos, todos los días.

Como en este caso no existen los incentivos, la capacidad técnico profesional y los mecanismos de coordinación que por sí mismos aseguren el desarrollo del sistema, justamente el rol del Estado en este tipo de situaciones es crear los espacios y proveer los recursos para que la colaboración pueda florecer.

Publicado originalmente en El Mercurio.

Daniel Fernandez K.

Daniel Fernandez K.