Darwin muere; Zuckerberg se perfila

Ninguna tecnología había amenazado antes con jubilar al mismísimo homo sapiens como lo hacen las que hoy están en desarrollo.

La humanidad ha sido capaz de producir ingeniosos inventos y gestar enormes cambios tecnológicos durante la historia. La agricultura, la rueda, la imprenta, la penicilina, la máquina a vapor, el motor de combustión interna, las telecomunicaciones, la investigación y manipulación genética, la informática y muchos más, han habilitado nuevas posibilidades humanas, expandiendo la especie y dotándola de un control incontrarrestable sobre los destinos del planeta y su ecosistema. Nunca antes una especie había sido capaz de controlar, mediante la ciencia y la tecnología, las posibilidades evolutivas del resto de las especies.

Este hecho marca un punto de quiebre evolutivo del cual debemos ser conscientes y saber administrar. Pero no es el único trascendente; hay dos más: por primera vez una especie es capaz de comunicarse individual y globalmente con prácticamente todos los individuos que la constituyen, mediante la comunicación móvil ubicua (que además de comunicarnos en línea es capaz de informar sobre dónde nos encontramos); y por primera vez una especie es capaz de definir, o al menos intervenir, el curso de su propia evolución, mediante la experimentación y la intervención genética.
Muchas personas dicen que en cada salto tecnológico (la imprenta, la radio, la TV, etcétera) se han anunciado “momentos clave” o situaciones de cambio dramático, y que esta es simplemente una más, y que estamos exagerando. Se equivocan: nunca una ola de cambio fue tan grande ni involucró variables evolutivas de estas magnitudes. Nunca antes una especie había matado a Darwin.

Los inventos de otrora generaron cambios revolucionarios: la creación de la máquina a vapor llegó incluso a jubilar al caballo. Pero ninguna tecnología había amenazado antes con jubilar al mismísimo homo sapiens (ver Harari, “Homo Deus”), como sí lo hacen la automatización, la fusión entre biología y nanotecnología y la inteligencia artificial.

Las tecnologías revolucionarias incorporadas en la antigüedad, como la agricultura y la rueda, nacieron más o menos naturalmente con el propósito de mejorar la vida, de hacerla más fácil, de ampliar sus posibilidades y así perpetuar nuestros genes (mediante la predominancia de nuestra especie, su vehículo de supervivencia); representaron intervenciones sobre el entorno que dotaron a los humanos de ventajas evolutivas que permitieron su dominio del planeta. La imprenta, las telecomunicaciones y la penicilina fueron más explícitas en el sentido de mejorar la vida. Las nuevas tecnologías lo son mucho más: detrás de ellas no está sólo mejorar la vida, sino el explícito deseo de transformar el mundo, y lo están haciendo.
Los grandes inventores y creadores del siglo 21 tienen una potente imaginación y la capacidad de actuar a partir de ella para cambiar nuestra vida (ver Michael Vedomsek, en Medium.com): Steve Jobs no nos dijo que podríamos hablar más fácil por teléfono, sino que puso computación personal en nuestros bolsillos y la capacidad de comunicarnos y googlear dondequiera que vayamos, iPhone mediante, y así sentirnos más integrados y a la vez poderosos. Elon Musk, por su parte, no nos dice que podremos almacenar energía y movernos en forma más eficiente; nos ofrece hermosos automóviles para vivir en un mundo mejor, sin congestión (cuando estos sean autoconducidos inteligentemente), con un aire prístino, y que visitaremos el espacio tal y como visitamos cotidianamente la ciudad costera más cercana. Mientras, Jeff Bezos no nos dice que las compras on line son más cómodas, sino que dejaron de tener sentido los malls y supermercados, ya que ahora podemos comprar lo que se nos ocurra cuando y donde queramos y tenerlo el mismo día (o en horas), por menos dinero.

Todas estas transformaciones trascendentales, que representan quiebres fundamentales en el futuro de la especie humana, y por lo tanto de la vida en la tierra, nos obligan a una mayor conciencia del ecosistema que habitamos y a un debate de valores sobre los límites de nuestras propias posibilidades. El ácido debate público entre Mark Zuckerberg y Elon Musk sobre la necesidad o no de regular los avances en inteligencia artificial (según Musk, en este tema Zuckerberg es un niño jugando con fuego, muestra de que hay que regularlo) es sólo la punta del iceberg. Mientras ellos discutían Facebook debió desconectar dos bots, porque comenzaron a “conversar” entre sí en un lenguaje que ellos mismos crearon y que resultó indescifrable para los humanos.

La posible candidatura presidencial de Zuckerberg, impulsor de la inteligencia artificial sin límites, de la cual ya se habla en Estados Unidos, puede ser el condimento que gatille un debate global sobre estos temas.

El artículo completo se puede leer en Diario Pulso.

Daniel Fernandez Koprich

Daniel Fernandez Koprich

Daniel Fernandez Koprich