Trabajo: el debate ausente

La inundación de una zona de Costanera y Providencia en abril pasado dejó a varios edificios inutilizados por un buen rato. Muchos profesionales que trabajaban allí continuaron haciéndolo primero en sus hogares y luego en centros de trabajo esparcidos por Santiago. Al principio la coordinación fue difícil, impactando la productividad. Sin embargo, pronto surgieron métodos de trabajo y procesos innovadores que permitieron gestionar con eficiencia bajo las nuevas condiciones que impuso el entorno. Muchas de estas prácticas persistirán, incluso después de rehabilitar los edificios.

Esto sucede porque los vertiginosos cambios del entorno de negocios (y de no-negocio) apelan a nuestra capacidad adaptativa como seres humanos para lidiar exitosamente con las nuevas condiciones en que nos toca vivir. Algo que estuvo ausente del debate político sobre el régimen laboral y sus regulaciones.

Tal parece que solamente se reconoce el antiguo paradigma, propio de la revolución industrial, donde el recurso humano es uno más, necesario para generar la mayor renta posible. Es la época de los liderazgos verticales basados en el miedo: hagan lo que les ordeno o los castigo, dejando a los trabajadores a merced del poder vertical. En democracias evolucionadas este histórico desequilibrio ha sido contrapesado generando poder para los trabajadores (que ellos mismos se ganaron), mediante la formación de sindicatos más fuertes y la promulgación de leyes que los protegieran.

La nueva dinámica tecnológica y de negocios de la economía colaborativa, que propicia el trabajo a distancia y las labores part time (muchas de ellas informales) como Uber, Airbnb, supermercados con autopago, ventas de productos online, servicios contratados sin intermediarios (como babysitter, clases particulares, trabajos esporádicos de estudiantes para financiar sus estudios y otros) plantea el desafío de cómo proveer a esas personas trabajos dignos, derecho a planes de salud, pensiones futuras y criterios tributarios flexibles. Son las demandas de la nueva revolución del conocimiento, la globalización de los mercados y las prácticas de la hiperconectividad.

Para los jóvenes actuales es muy lejana una discusión política sobre el régimen laboral centrada en equilibrar el poder vertical que queda en algunas empresas, las que no tienen la capacidad para atraer y retener talento para el mundo del mañana. Los jóvenes saben que muchas de las funciones que se desarrollan en los actuales trabajos van a desaparecer y demandan ser habilitados para ofrecer aportes flexibles en nuevos modelos de negocios apalancados en las tecnologías, la innovación y la colaboración, compartiendo riesgos y ganancias.

Por eso creen en aportar el valor de sus capacidades profesionales para una apuesta de emprendimiento (no aportando capital, sino capacidad creativa), compartiendo la renta generada si funciona, y si no, bueno, a otro intento. Por eso es que quieren exportar servicios profesionales (de ingeniería, arquitectura, audiovisuales, etc.), sin competir con el mundo en desventaja tributaria y de régimen laboral.

No es que la ley laboral no tenga las mejores intenciones, es que ha faltado una parte fundamental del debate, y con ello un sector laboral importantísimo para el futuro ha quedado ausente. La ley intenta equiparar poder de trabajadores versus empresarios, corregir la injusticia de un sistema asimétrico, anclada en un paradigma del pasado, pero no habilita para las prácticas del futuro, restringiendo de este modo las oportunidades para los jóvenes.

Publicada originalmente en El Mercurio.

Daniel Fernandez Koprich

Daniel Fernandez Koprich

Daniel Fernandez Koprich